14.08.2008

De las fabulaciones más extrañas que tuve la oportunidad de escuchar en mi vida, la más delirante no me llegó a través de ningún esquizofrénico hijo de Alá o inventor de máquinas del tiempo con forma de casco. Si uno empieza a concurrir regularmente al zoológico del Vilardebó en el marco de alguna actividad académica, comienza a naturalizarse el hecho de escuchar de manera casi morbosa relatos de este estilo mientras pincha como con un palo al paciente-mono para que vomite la mayor cantidad de disparates posibles, mientras los otros ponen cara de “mmm… delirio poco sistematizado”. No hablemos de cuando se para y empieza a aletear o cantar en medio de la entrevista, es una sensación solamente comparable con la de pasar por la jaula del león y que justo se ponga a rugir! O cuando un mono se enloquece y empieza a gritar como mal de la cabeza sacudiendo la rejilla y dándoles sopapos a los otros monitos más chicos. Desde el siglo pasado que no voy a un zoológico pero recuerdo que estas situaciones eran geniales, la diferencia con el Vilardebó es que ahí uno debe permanecer profesionalmente serio. Es que cuando suceden cosas así, las compañeras de clase más veteranas (siempre las hay, son pocas pero se mueven en bloque) te miran con cara inquisidora esperando que se te escape alguna risa para murmurar con la otra vieja chota de al lado algo de la ética y después quedarse rumiando palabras de misa dominguera como dos vacas viejas, rubias y maquilladas. Igualmente uno atraviesa las rejas del hospital sabiendo de antemano que se encontrará con las más raras performances y con las historias más alocadas, y se va del mismo con la reconfortante certeza clínica de que aún no ha enloquecido del todo. El tema es cuando estos relatos fantásticos, que suelen ser contadas allí dentro, los escuchamos en otros ámbitos no manicomiales.
Siendo niño tuve la oportunidad de escuchar aproximadamente veinte mil putecientos cuentos contados por las más pinturrajiadas bocas de las más extravagantes Cuentacuentos y en los escenarios más impensados. Por supuesto que no me acuerdo de todos, pero sí me recuerdo sentado en ronda, en silencio, esperando a ver qué venía. Debe haber sido por esos registros placenteros que quedaron como huellas mnémicas en mi psique que una noche, entre los detestables mosquitos de enero, me dieron ganas de ir a ver a dos Cuentacuentos que anunciaron vendrían al complejo vacacional donde yo me encontraba en ese momento, en Jaureguiberry. Bueno voy a decir la verdad, en realidad fui porque las tipas éstas iban a estar en un salón comunal que quedaba a unos tres metros de la cabaña donde yo estaba.

Sea como sea, me acerqué al evento por primera vez como un adulto. Ya no fui corriendo atropellando para no quedarme sin almohadón y sentarme bien adelante, esta vez fui apareciendo desde atrás, de la forma menos llamativamente posible, manos en los bolsillos, caminando como quien va por la orilla del mar pensando lo bella que es la vida. Me detengo algunos metros detrás del último niño y me quedo allí medio recostado a algo, justo cuando estaba por comenzar. La Cuentacuentos número 1 era una señora de aproximadamente 62 años y estaba vestida como para recibir en una gala a los Reyes de de Inglaterra. La Cuentacuentos número 2 tendría poco más de 30 años y estaba vestida como para recibir en una gala a los Reyes de España. La Cuentacuentos número 1 toma entre sus manos un disco y lo coloca en un huevito en el que inmediatamente comienza a sonar la canción de Titanic tocada por un sicu con reverb al mango. Enseguida reconocí esa música capaz de ser interpretada únicamente por el talento de los bolivianos que están en la plaza de los bomberos, en Ciudad Vieja, en la plaza Cagancha, en la Semana de la Cerveza, en la Patria Gaucha, en el Pilsen Rock, en Woodstock, en el Certamen Mundial de Escupitajo, en el Octoberfest, en el Ozzfest y en el Cajón de las Medias de tu Ropero. Nunca lamenté tanto no contar en ese momento con algún dispositivo de grabación para inmortalizar lo que estas mujeres hablaron aquella noche. El cuento de la Cuentacuentos número 1 versó sobre, llamémosle, the dark side of Papá Noel. Puedo asegurar sin ningún respaldo empírico que esta presentación fue preparada a comienzos de diciembre del año pasado, más o menos cuando el HBO arranca con las películas de navidad y el canal 10 pasa Mi Pobre Angelito 3, sino no se explica por qué vino a hablarnos de Papá Noel en enero. El show arrancó con una explicación acerca de cómo el “jo jo jo” del gordo navideño es fingido, aclaró que no sólo es imposible que una persona se ría naturalmente con la letra “o”, sino que además Papá Noel ésta navidad no tenía ningún motivo de celebración, no estaba feliz. Y eso por diversos motivos, el más grave de todo quizás, era su “crisis identitaria”, con esas palabras. Comenzó entonces a desplegar toda una serie de motivos que lo llevaron a dicho padecimiento, tales como la gran variedad de nombres por los cuales es llamado en las distintas partes del mundo: Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás, Viejito Pascuero, Colacho, Sinterklaas, Baboo Natale, etc. Según la Cuentacuentos número 1, esta diversidad de nombres produjo en el barbudo un conflicto del tipo “¿quién soy y de donde vengo?” que terminó sumergiéndolo en la locura. Mientras los bolitas seguían sonando de fondo, la señora miró fijamente a un niño del público y le gruñó encolerizada: “¿y de dónde piensan ustedes que Papá Noel, o como sea que ustedes le llamen, saca la plata para comprar los regalos a todos los niños del mundo? ¿Acaso no les parece raro que tenga tanta plata él sólo???” La explicación que encontró para este dilema fue la siguiente: El Viejito Pascuero tiene ciertos negocios con los jeques árabes, quienes mediante el lavado de dinero con sus petroleras, les financian a aquél el costo de la materia prima para fabricar los regalos de todos los niños del mundo. “Los regalos de ustedes están manchados de petróleo”, sentenció la Cuentacuentos número 1. Para terminar agregó que los duendecitos verdes encargados de la manufactura de los mismos, trabajarían bajo el régimen de la esclavitud… Si esto lo estuviera inventando yo (imposible, nunca se me abría ocurrido algo tan genial) agregaría que estos enanitos fabricaban los juguetes en “trineos-factoría” y que los renos eran en realidad caballos deformes que Papá Noel los compró más baratos porque nacieron con cuernos.
Lo de la Cuentacuentos número 2 no fue tan delirante como la historia de la Cuentacuentos número 1 (seguramente porque el guión no estuvo a cargo de su colega) pero no por eso fue menos vilardeboésco. Es más, puede haber sucedido que la Cuentacuentos número 2, percibiendo la tremebunda literatura de su compañera, se haya querido cuidar de no aterrorizar a los niños como lo hizo ésta y por eso haya optado por arriesgarse menos e ir a lo seguro: un cuento de Juseca. Lo desadaptativo en la Cuentacuentos número 2 fue la relación texto-contexto. Ver a esta mujer vestida íntegramente de violeta, con tacos finos, un sombrero no se qué y una pollera no se cuánto (no tengo términos para describir ropa elegante) queriendo hablar y caminar como un paisano, y haciendo ademanes que querían dar cuenta de que estaba interpretando a un hombre de taberna, fue de las cosas más bizarras que vi en mi vida y la peor interpretación de personaje en la historia de la humanidad por lejos. Cualquier homo sapiens-sapiens no esquizofrénico sabe que no puede combinar una cosa con la otra, ni en el teatro del absurdo se puede llegar tan lejos.
Para cuando terminó todo, el 68% de los niños se habían ido a tiempo, el 16% se había dormido, el 11% tenía hepatitis B y el 5% habían sufrido convulsiones y accidentes basculares. A mi por suerte no me pasó nada, es más, ni bien salí me monte en uno de los elefantes rosados que andaban ahí en la vuelta y me fui volando hasta el país de Nunca Jamás.

04.08.2008

Para que el consumo no te consuma, ponele cabeza a las drogas.


Es preferible no consumir Doña Coca , pero si elegís hacerlo te acercamos algunos consejos:

-- comé alguna verdura antes de empezar a comer Doña Coca.

-- comelas despacio y masticando bien, alternando con tragos de agua.

-- si las comés fritas, secálas con servilletas o con papel higiénico o con el diario El País para no comerte el aceite, no te preocupes, esto no reducirá el pegue.

-- no mezcles el consumo de Doña Coca con el de vino rosado Tango ni con Gitana; tampoco las comas con ningún pan que te vendan los chinos del autosenvice Ming Hong Gu Zhang (Uruguay y Convención).

-- cuando sientas que estás “tocado”, pará de comer, pasáte a las tostadas o las medialunas rellenas y disfrutá de ese estado.

-- si hace menos de una semana leíste algo de Jorge Bucay o algún libro con nombres similares a “Tómate un café contigo mismo”, evitá consumir Doña Coca.

-- las hamburguesas Doña Coca son residuos de grasas con pichí de capincho fermentadas al sol con forma de croqueta aplastada, si elegís consumirlas evitá acompañarlas con bebidas destiladas.

-- si te las vas a inyectar, asegurate de que la jeringa no haya sido usada anteriormente, y de que no provenga del autosenvice Ming Hong Gu Zhang (Uruguay y Convención).

-- tratá de pegar Doña Coca siempre en la misma boca y que sea de confianza, si conseguiste por otro lado testeala para ver la calidad del corte: si la ponés en la sartén y al aplicarle fuego su tamaño se reduce en un 280% son Doña Coca, sino te vendieron una baldoza.

¿Qué es un uso problemático de drogas?
Es aquel que puede afectar negativamente a una o más de las siguientes áreas:
- Salud física y/o mental.
- Relaciones con familiares o amigos.
- Relaciones con el trabajo o el estudio.
- Relaciones con la ley.

consumocuidado@gmail.com